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Escrito por Admin   
Sábado, 01 de Noviembre de 2008 00:00

"...No sería justo comenzar ésta descripción geográfica de Santa Maria de la Vega, sin hacer una especial mención a la gran labor realizada por el Catedrático de Filosofia D. Maximiliano Fartos Martinez quien en su obra BOSQUEJO HISTORICO DE LAS VILLAS DE REDELGA Y VERDENOSA nos ha facilitado las fuentes para las siguientes decripciones..."


Las antiguas villas de Redelga y Verdenosa son actualmente los dos barrios de Santa Maria de la Vega. Este pueblo de la parte nordeste de la provincia de Zamora esta situado a catorce kilómetros de Benavente, en la carretera que lleva a Alcubilla de Nogales, remontando el curso del río Eria. En dicha ruta, antes de llegar a Santa Maria, se pasa por Manganesos de la Polvorosa y Morales del Rey y, después de sobrepasarlo, el viajero se encuentra con Villaferrueña y Arrabalde. Cerca de Manganesos el Eria entrega sus aguas al Orbigo, fallándose todos los demás pueblos mencionados en la margen derecha del primero, que aguas arriba, ya en la provincia de León baja del Teleno regando pueblos de la Cabrera y de la Valdería hasta alcanzar San Esteban de Nogales, ultimo pueblo leones de la vertiente. 

El Orbigo, por su parte, después de pasar por el Puente de la Vizana (Ruta de la Plata) regando en Alija del infantado las ultimas tierras de la provincia leonesa, va dejando en sus márgenes las poblaciones zamoranas de Coomonte, Maire de Castroponce, Fresno y Vecilla, ambos de la polvorosa y, por ultimo, Villabrazaro antes de llegar al referido Manganesos. A la altura de Santa Maria de la Vega la separación de ambos ríos, que allí discurren paralelos, es aproximadamente de cuatro a cinco kilómetros, anchura máxima por la que se extiende la espléndida Vega. 

Como Morales, Vilaferrueña, Arrabalde y Alcubilla, Santa Maria de la Vega se halla situada entre el río y la Sierra de Carpurias. En el caso de Santa Maria, entre el actual casco urbano y la sierra se hallan intercalados de sur a norte los tesos de Valderrey, el Castro, los Pernadales de Barrega, el alto de Santo Tomas y, al otro lado de la carretera, el Teso del Sol, enlazado con las Barrancas y valles de la Iriega, que llegan a la raya del Monte Carpurias, en el que se halla la marra que separa los términos de Santa Maria y de Villaferrueña. 

En las faldas de estos altozanos se hallan las no menos de seis zonas de bodegas, mientras que los vacillares, que en los años buenos llenan sus cubas sin recurrir al Eria, se hallan situados en las planicies de esos tesos y detrás de la sierra, alternando con los arrotos de cereal y monte bajo hasta llegar a los limites de los pueblos zamoranos del Valle Vidriales. El término de Santa Maria de la Vega es con mucha diferencia el mayor de los mencionados y especialmente por lo que se refiere a la Vega. Ciertamente las viñas de Morales son de mejor calidad y los de Santa Maria procuran poseer allí algún majuelo para que a lo largo del año la brega diaria sea más llevadera. 

La sierra sobrepasa en sus cotas más altas los 800 metros y sus peñas más famosas son Peña Ventanera, Peñalorno, Peñajuana, y las del alto de Cotorredondo 

La de Peñalorno, así denominada sin duda por contener una oquedad cuya entrada simula la de un horno, ha entrado en la leyenda. Un geólogo se inclinaría a defender su formación natural bien por algo así como la expulsión de gases en la solidificación del magma que originó la roca, o bien por alguna filtración de agua que en el transcurso de millones de años consiguiera horadarla. Pero la mente popular ha preferido imaginar que da acceso a una caverna que recorre gran parte de las entrañas de la sierra llegando hasta “Juan Pernal”, ya en Morales, o incluso hasta el Castillo de la Mota en Benavente; y que en tiempos algún lugareño certifico haber visto junto a la entrada una bella mora de larguísimas trenzas. Nosotros nos inclinamos a pensar que sobre la base de un primitivo agujero, fruto del capricho natural, alguien en la alta Edad Media, por ejemplo, lo fuera agrandando hasta darle la forma que ahora presenta 

Recientemente, buscando la utilidad y desconociendo la leyenda, al sur de Peñalorno el Instituto Geográfico Nacional ha instalado la señal de un punto geodésico, mientras que al norte la Telefónica elevó una torreta con ocho parábolas, que aunque reñida con la silueta acostumbrada, no deja de parecer por su altura una torre Eiffel que se eleva entre los brezos o el armazón ese de Cabo Cañaveral dispuesto a catapultarle a uno a las esferas. Desde la base de la torreta, en los día s de atmósfera limpia, por los bordes de un semicírculo perfecto se divisan en el horizonte, nevado en invierno, la Sierra de la Culebra, Peñatrevinca, Peña Negra, el punto y coma del Teleno, los montes de León y la dentada muralla de los Picos de Europa: Peña Ubiña, Peña Labra, Peña Prieta, Peña Vieja… El Teleno que desde Astorga casi no tiene perfil de montaña, contemplado desde aquí, quiere parecerse al Teide. 

Situados abajo, en el pueblo, cuando sale al astro rey por Tierra de Campos le vemos refractarse primero en las peñas de la sierra y, acto seguido, en los palomares de los tesos, y mas tarde en las bodegas y en las casas y huertas entreveradas con sus variados árboles frutales, sus jilgueros, las nostálgicas tapias sobre lizades de piedra bravía arrancada por los siglos y los hombres a la sierra y las añejas puertas que parece han mermado como los viejos, bajo la visera de césped invertido y que el musgo ha recubierto. 

Ilumina, en fin, bajo un azul intenso los ríos con los plantíos de chopos que señalan sus riberas y el manto verde de las tierras de la vega con todos los matices, que los labradores decidieron al sembrarlas de alubias, patatas, remolacha, maíz, alfalfa y, en tiempos, de lino y trébol. 

A la puesta del sol tal vez el poeta añore que el Creador dispusiera todos sus mares lejos. Pero desde la raya de Carpurias, al ocaso, puede contemplar cómo un dios potentado y ahorrador deposita lentamente una moneda de oro en la inmensa hucha del Teleno. O ver mas tarde, si viene de Villaferrueña y es noche en que toca luna llena, como asciende por Cotorredondo el escudo plateado de un guerrero griego. Y a altas horas de la noche, cuando llega el cuarto menguante, contemplar la calavera invertida de algún crimen ancestral que se cometió en el cielo. 

Cuando las jaras florecen es como si los dioses, un poco borrachines, sembraran el monte de estrellas blancas; y cuando las tormentas averían el alumbrado y se ciñen a la sierra, entonces se oye rugir un viviente descomunal y prehistórico al que se le incendian las neuronas. 

Desgraciadamente a los campesinos de estas dichosas tierras, conocedores, eso sí, de las posiciones de las estrellas y pronosticadores fiables del tiempo para el dominio que alcanza su experiencia, en contadas ocasiones les fueron dados a la vez el ocio y la cultura necesarios para el goce estético de un paisaje, cuyas condiciones, si Colón las hubiera conocido, las habría empleado como punto de comparación para encomiar las bellezas del mundo nuevo que estaba descubriendo

 
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